Este es el bonito y acertado título de una sección dentro de la revista Dragon. Se refiere a la diferencia entre jugar por interpretar un personaje y jugar por tirar dados en nombre de ese personaje. Podríamos resumir, llamando a estos últimos jugadores "tiradados".
Y es que desde la aparición de la tercera edición de D&D, luego la 3.5, y para rematar, la cuarta edición, la influencia de vídeojuegos, películas manga, de acción, y en general, todo lo que sea fingir posturitas para quedar bien ante los amigos, han finiquitado con un gran golpe furtivo la idea original de representar un personaje y que éste sea distinto del jugador.
La simple idea de jugar a rol de mesa y que sólo interese la parte de combate (tirar dados), es tan patético y tan infantil que casi dan ganas de tirar los dados a la cara de quien así se comporta. ¿De qué sirve labrar en profundidad las razas, los comportamientos de ciertas clases en ciertos ambientes, que exista una puntuación de carisma, etc?
Casi olvido mencionar la influencia negativa de los wargames, que en realidad no es tal: ¿acaso D&D no nace del wargame Chainmail?
Pues eso. Están de moda la posturita, el personaje medio lelo (pero con mucha fuerza) y las partidas en que los combates se desarrollen dentro de otros combates, que concluyan en combates, y que se inicien al terminar otro combate.
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